viernes, 3 de septiembre de 2010

Certezas

Aspiración


Que pueda dejar de cometer los errores de siempre
y empiece a cometer otros
totalmente nuevos


Berna Wang




http://www.adamaramada.org/libro.php?alcora04

jueves, 22 de julio de 2010

Todos estos días


Son ciertas las memorias

y la soledad.
La vida es cierta
y el olor a lluvia.
Todos estos días son ciertos.
Es cierto el pez (como no lo dije antes)
y el deseo de cambiar las cosas.
Entrar en los cafés es cierto
y salir al mundo.

Agarrarse de él un solo instante.


Miguel Barnet

lunes, 19 de julio de 2010

Límite

Solea el sol y se lleva los restos de sombra que ha dejado la noche.
Los carros de caballos recogen, puerta por puerta, la basura.
En el aire tiende la araña sus hilos de baba.
El Tornillo camina las calles de Melo.
En el pueblo lo tienen por loco.
Él Ileva un espejo en la mano y se mira con el ceño fruncido.
No quita los ojos del espejo.

-¿Qué hacés, Tornillo?
-Aquí -dice-. Controlando al enemigo

Eduardo Galeano, Las palabras andantes
Fotografìa de Chema Madoz

miércoles, 14 de julio de 2010

Manifiesto

No aceptar otro orden  que el de las afinidades, otra cronología que la del corazón, otro horario que el de los encuentros a deshora, los verdaderos




 Julio Cortàzar,  Salvo el crepùsculo

martes, 15 de junio de 2010

Escribi(vi)r

¿No sería mejor transformar la vida en poesía que hacer poesía con la vida?











Advertencia a la primera ediciòn de "El arco y la lira"

domingo, 25 de abril de 2010

Tierra movida

"Era mi canto la ùnica certeza
lo unico cierto que me iba quedando;
busquè mi voz bajo las piedras
de tanta certeza se estaba secando"

Georgina Hassan, "Tierra movida"

 

Si la certeza es luz
y todo lo que hay es certeza,
es imposible que algo florezca:
se necesita la sombra,
la humedad de la duda,
(tal vez el silencio?. Tal vez, escucharnos)
para crecer.

jueves, 15 de abril de 2010

EL cristal con que se mira

La mirada de la voluntad es impura y ardiente. El alma de las cosas, la belleza, sólo se nos revela cuando no codiciamos nada, cuando nuestra mirada es pura contemplación.
Si miro un bosque que pretendo comprar, arrendar, talar,usar como coto de caza o gravar con una hipoteca, no es el bosque lo que veo, sino solamente su relación con mi voluntad, con mis planes y preocupaciones, con mi bolsillo. En ese caso el bosque es madera, es joven o viejo, está sano o enfermo. Por el contrario, si no quiero nada de él, contemplo su verde espesura con “la mente en blanco”, y entonces sí que es un bosque, naturaleza y vegetación; y hermoso. Lo mismo ocurre con los hombres y sus semblantes.

El hombre al que contemplo con temor, con esperanza, con codicia, con propósitos, con exigencias, no es un hombre, es sólo un turbio reflejo de mi voluntad. Le miro, consciente o inconscientemente, con sonoras preguntas que le disminuyen y falsean: ¿Es accesible, o es orgulloso? ¿Me respeta? ¿Puedo influir en él? ¿Sabe algo de arte?.
Los hombres con quienes tratamos, los vemos a través de mil preguntas semejantes a éstas y creemos conocer al ser humano y ser buenos psicólogos cuando conseguimos descubrir en su aspecto, en su actitud y conducta aquello que sirve o perjudica a nuestros propósitos. Pero ésta convicción carece de valor, y el campesino, el buhonero o el abogado de oficio son superiores, en ésta clase de psicología, a la mayor parte de políticos o científicos. En el momento en que la voluntad descansa y surge la contemplación, el simple ver y entregarse, todo cambia. El hombre deja de ser útil o peligroso, interesante o aburrido, amable o grosero, fuerte o débil.
Se convierte en naturaleza; es hermoso y notable como todas las cosas sobre las que se detiene la contemplación pura



Herman Hesse, Mi credo

sábado, 20 de marzo de 2010

El mundo gira

Existe un cruce de calles en Pekín donde, un domingo de julio por la tarde, sentí girar el mundo. Un empinado puente de piedra cruza el canal. Al otro lado baja una callejuela flanqueada por puestos de comida cuyos olores y humos envuelven a dueños, clientes y viandantes. Mientras bebía té verde frío de una botella, vi cómo un ciclista perdió el control al bajar del puente y estuvo a punto de estrellarse contra el primer puesto, donde un hombre vestido con una camiseta de tirantes, pantalones cortos de tela fina de algodón y chancletas comía, de pie, un tazón de sopa de fideos. Al otro lado de la calle, una mujer vendía unas verduras colocadas sobre un trozo de tela, en el suelo. Junto a ella, una joven menuda barría despacio, con una escoba de paja, la alfombra roja que cubría los escalones de entrada de un restaurante. En ese momento, otra joven vestida con un chipao rojo, perfectamente peinada y maquillada, atravesó el puente a pie llevando de la mano su bicicleta y se detuvo al otro lado, en un puesto de comida, para conversar con la dueña. Pasaban coches, niños, madres, taxis rojos, ancianos, furgonetas, una bicicleta con un remolque cargado de bidones de agua. Durante unos momentos que condensaron la eternidad del tiempo, con la espalda apoyada en el pretil del puentecillo, vi cómo giraba el mundo
Un sofocante mediodía de agosto, acuclillada como los chinos en el anillo externo del último piso de la pagoda de Anqing, contemplé el sol y su reflejo sobre la piel arrugada del río Chang Jiang, el paso lento de un gran barco de pasajeros, los tejados de la ciudad y los patios del antiguo templo budista, y volví a sentir que el mundo giraba. Los tejados eran ásperos y grises, de un gris cansado y opaco, y cada fila de tejas estaba rematada, como todos los tejados chinos, con un adorno redondeado con motivos geométricos, tal vez vegetales. Me contaron que Anqing tiene forma de barco, y la pagoda junto al río es el palo mayor. Durante su construcción, hace varios cientos de años, enterraron bajo sus cimientos a los malos espíritus, y mientras la pagoda permanezca en pie la ciudad estará a salvo de las crecidas del río
Llegué a Mogarraz en septiembre y las tejas eran de color rojo en lugar de grises. Vista desde la Peña de Francia al atardecer, la sierra se parecía, con Gredos al fondo, a las montañas donde serpentea la Gran Muralla. Una mañana, en el tendal de la Casa de la Fuente Arriba, mientras las cortinas de lino blanco se movían con el aire como las velas de un barco, lo sentí de nuevo. Sentada frente al cielo y la sierra, oí abajo en la calle el agua que caía en la fuente, el rebuzno de un burro y las voces de los vecinos que hablaban con esa dulzura sorprendente en la pronunciación de la letra jota. El mundo volvió a girar.
Luego se detuvo un mediodía y todo cambió.
Pero hoy, al caer la tarde, tendida sobre las sábanas arrugadas junto al hombre a quien amo, he oído el rodar desganado de un cubo de basura. Ha pasado el autobús. Alguien ha bajado una persiana anticipando la noche. Y supe que la gente seguirá pasando por ese cruce de calles de Pekín, que la pagoda de Anqing se mantendrá en pie y que en Mogarraz empezará la vendimia, como todos los años, el doce de octubre. Que pronto llegará el frío y haremos el amor bajo el edredón. Y que el mundo seguirá girando.


Berna Wang, Pequeños accidentes caseros
http://www.adamaramada.org/libro.php?poesia02


sábado, 6 de marzo de 2010

Transformador

¡Qué extraña máquina es el hombre! Usted le mete pan, vino, pescado y rábanos, y salen suspiros, risas y sueños

Niko Kazantzakis